El ómnibus se despidió de la ciudad mientras se perdía sobre la semi desierta carretera que se iba
introduciendo cada vez más en los característicos verdores de la naturaleza
paraguaya. Yanice iba perdida en el recuerdo de todo aquello de lo que quería
huir, un cráter formado en medio del asfalto por las lluvias que habían caído
en los últimos días hicieron que el bus diera un movimiento tosco. Y este
movimiento convirtióse en el acceso directo al disco duro del recuerdo, aquel
fatídico 1 de agosto de 2004, las rutas de Asunción se habían llenado de gente,
ambulancias, bomberos y policías se habían convertido en pregoneros de la gran
desgracia ocurrida. El teléfono había sonado y como siempre la curiosidad
característica de los niños de esa edad (siete en aquel entonces) hizo que
Yanice tomara el teléfono. Al otro lado
una voz femenina llorando pedía hablar con José, su padre, el tomo el teléfono
con cierta desconfianza y la voz del otro lado le dijo una combinación de
palabras que a su edad Yanice no comprendió. Tamar había sufrido un grabe
accidente camino a la casa de sus padres.
Desde
esa llamada todo había cambiado… durante años Yanice había maldecido aquella
llamada pues para ella fue de ahí que toda la tristeza se comenzó a apoderar de
su vida. Aquella llamada marcó el inicio de largos días por hospitales y
sanatorios, meses enteros esperando que el coma se volviera un punto y seguido,
dias enteros viendo a su madre envejecer
sin notar el paso del tiempo…
La
alegría característica del Ingeniero Jose Estigarribia, y todo su optimismo y
fe en Dios se fue perdiendo con el transcurrir de los meses, y así el héroe de
Yanice se fue perdiendo en el pasado y solamente quedó el amargado José,
vicioso y sin esperanzas. Su esperanza se había dormido con Tamar.
Entre
todos esos recuerdos no se había percatado de lo lejos que estaba en este
momento de su hogar. El bus paró y una mujer vestida de minifalda y camisa con
un enorme canasto que expedía un delicioso olor a chipa abordó el bus con una
sonrisa en el rostro ofreciendo su producto el aroma se apoderó del bus
mientras procesos mentales relacionaban el aroma con un recuerdo. Sí! La última
Semana Santa, los abuelos, las chipas y el tatakuá (horno). Tamar inundaba el
hogar de sus padres con sus risas y sus canciones, todo era perfecto, todo era
alegría. José la miraba orgulloso de tener una mujer como ella a su lado, la
felicidad se apoderaba del ambiente, y Yanice era la niña mas feliz del mundo
con su pequeña pero gran familia, quien iba a imaginar en aquel entonces que
sería la ultima vez que Tamar compartiría con sus padres, y pensar que mientras
ella duerme en ese sueño casi eterno el abuelo había fallecido hacía ya dos
años. La abuela por su lado al verse sola, decidió mudarse con la Tia Ana a la
Argentina. Y desde entonces Yanice no había tenido más noticias de ella.
El bus
viajaba a gran velocidad por las rutas que cruzaban los bosques como venas, el
paisaje lleno de sorpresas se desplazaba como una película frente a las retinas
claras de Yanice de repente algo ocurrio el bus tuvo un movimiento brusco,
Yanice cerró los ojos asustada, el
camión bajó de la ruta, cristales rotos se repartieron por la atmósfera circundante de nuestra protagonista. El bus giro sobre si mismo y fue a parar
contra un árbol. Había perdido una rueda y todo indicaba que había sido una
gran tragedia.
Al
otro lado del lazo de sangre, el soplo de muerte se convertía en vida, el
maullar del gato, los autos pasando por las calles de asunción, la computadora
centelleante y el silencio de la casa que aturdía se apoderaron de sus nervios
inutilizados desde hace años, y en una triste realidad, tan humana… tan divina…
Tamar, abrió los ojos luego de cinco largos años.
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