Ya tan sólo la
oscuridad de aquella fría habitación ambientada tan terroríficamente, eran mis
compañeras en aquella lucha por no
dormir, por que si estando despierto era una terrible pesadilla, ¿Para qué
engañarme con sueños falsos de libertad?
Posiblemente afuera era
de noche, no estoy muy seguro de ello,
porque desde que el encierro había comenzado, mis ojos no veían el sol.
Un movimiento inerte era mi coreografía cotidiana, un silencio estridente era
el ruido que no me permitía dormir, estaba angustiado, triste y yerto, el
congojo y la nostalgía de mis días de libertad, eran ya los fieles personajes
del cuento de mi vida.
Recordaba a mi gente,
a mi bella Mary que nisiquiera estaba
enterada de lo que me había ocurrido, la pobre debía estar ya preocupada, ya
que mi viaje no había sido como para quedarme tanto tiempo en el país.
De cuando en cuando, en
medio del silencio en el que me
encontraba inverso, escuchaba hablar a mis captores, era gente muy culta y
preparada, su castellano era prácticamente perfecto, su acento era muy confuso,
no se podía reconocer un tono característico que delatace su nacionalidad.
Eran tres timbres de
voz distintos de hombres, y dos de mujeres, a una de ellas la llamaban Reina, a
otra Carmen, uno de los hombres, mi guardían, tenía las iniciales M.L., pero
eran solamente simples apodos, ninguno de los nombres que escuchaba serviría
para la investigación si es que lograba salir de aquel lugar algún día. Las voces de mis captores se persibían venir del
techo, por lo que supongo que habría sido algún tipo de sótano aquel frío y
egoísta cubículo en el que me tenían oculto y atrapado.
A veces, escuchaba el
bosinar potente y ensordecedor de algún transganado u otro tipo de camíon de
gran porte que pasaba cerca del lugar en el que me tenían.
Lo que más me irritaba
era escuchar a la policía llegar a aquella casa y preguntar si los “dueños” no
habían visto nada estraño en los últimos días, la mujer a la que llamaban Carmen fingía ser la matrona
de la casa en esos casos, mientras que
uno de los hombres me apuntaba con el caño de un arma cuya fría circunferencia
podía sentir en mi frente para que no intentase hacer ningun tipo de ruído que
los delatara.
Y yo, estaba allí, atrapado entre esas cuatro
infernales paredes, increíble que siendo
el mundo tan grande, y amplio yo tuviera que estar allí tan quieto, sentado en
aquella silla de madera a la que me tenían atado, en algunos momentos pensaba
que no debi de haber vuelto, que debi quedarme en donde estaba. En otros
pensaba que el destino ya estaba escrito y que no quedaba más que luchar por
sobrevivir, mi mente era un cúmulo de dudas, estaba realmente desesperado en
aquel horripilante encierro.
Ni siquiera pude llegar
a aquella olvidada comunidad de la que había partido y que siempre había estado en mi corazon,
cuando me desperte y me dí cuenta, ya mi libertad no me pertenecía, ya mi vida
valía unos cuantos billetes y nada, absolutamente nada sería como antes.
En aquel triste
encierro las canciones de Arjona no me acompañaban a estar solo, ni podía
enamorarme, llorar y reír con las películas de la saga Crepúsculo, allí no
había Parque del Retiro, para ir a distraerme como en Madríd, alli no había un
río llamado Tebicuary para ir a darme un chapusón, allí mi quizás única compañía
que alguna vez estuvo viva era el cadáver en descomposición de aquel ratón que
había muerto por el veneno que mis captores le habían puesto, y luego las tan
necrófilas e inertes cuerdas que me sujetaban las manos y los pies y me
aferraban aún más a aquel encierro en el confín más olvidado del infierno
terrenal.
De mi frente que alguna
vez estuvo en alto, caían una a una las gotas de sangre mientras mi mente
trataba de procesar los mejores recuerdos de mi vida. Mi niñez en aquella comunidad atrapada y perdida
en medio de la vegetación, tan abundante y característica de la tierra
paraguaya.
Y sobre todo, me acordaba de mi abuelo, ¡mi querido
abuelo!, era la única persona a quien
apreciaba y extrañaba realmente, nos sentabamos alrededor del fuego que ardía
chisporroteando de cuando en cuando en el suelo de la cosina, mientras doraba
el maíz blanco de la cosecha pasada, aferrada al asador de hierro. Me contaba sus
experiencias y aventuras tan pasadas, tan llenas de glorias y triunfos, y otras veces de tristes desconsuelos.
Parecía regresar en el
tiempo y mostrarme ese Paraguay de antaño, de tiempos pasados, con esperanzas y
sueños tan distintos a los que tenemos hoy día, ellos tambien habían sido
jovenes, tambien se habían enloquesido, llorado y apasionado con el amor... yo
lo miraba con mis ojos y oidos tan abiertos tratando de imaginarme aquel mundo
que me pintaba en dulces pinceladas de
palabras.
Sus manos que
comenzaban a arrugarse por el paso del tiempo eran siempre tan cálidas y llenas
de caricias para dar, y yo me sentía tan seguro cuando estaba con él, me
parecía que aunque el mundo viniera en contra mío el los detendría y no permitiría que me hiciecen daño.
Las tardes invernales
las pasabamos charlando, luego de que mi padre, Don Francisco, me dejase allí
para ir su trabajo de profesor en la escuelita de la comunidad.
Si era
verano me llevaba al río montado en su caballo y me enseñaba a nadar. Allá en
aquel viejo río que nos vio crecer a ambos, deje mis más valiosos recuerdos, en
aquel río que guardaba historias de
llantos y nostalgias entre sus murmullos, que cantaban con migo aquella triste
canción de “qué sera”, cuando las gotas de lluvia caían tristemente y el cielo
rugía por que yo me iba y quien sabe si volvería alguna vez.
Mi niñez fue la mejor
que pude haber tenido, jamás me faltó nada, y todo lo que quise lo conseguí.
En mi juventud, mi vida
en todo sentido fue relativamente como
la de cualquier chico normal, terminado el colegio, con diesiocho años, pude
cumplir mis ansias de libertad y salí de la vieja casona rumbo a las tierras
españolas, mi bella Madrid fue testigo muda
de mi amor primero bajo los pálidos faroles de la calle lavapiés.
Mi vida en Madrid, se
resumió en estudiar en la universidad y trabajar en el café Gijón... el viejo Gijón
que era fiel encontronario de los literatos de la capital española, era
interesante y divertido enriqueserme al
escucharlos mientras leían todas aquellas creaciones nobelísticas a
veces tan llenas de incoherencias, pero a la vez tan llenas de realidades
humanas.
Las noches las pasaba
en el albergue juvenil, conocí mucha gente de diversos lugares del mundo en
aquel en el albergue, pero a pesar de mi acomodada vida en aquel lugar de
ensueño, mi mente indómita, libre y salvaje se paseaba como un águila sobre el
verde Paraguay corazón de América, y sobre todo
mi bella Villarrica del Espiritu Santo la ciudad capital del Guairá.
No sé cómo explicarlo, pero siempre, desde
pequeño tuve la curiosidad de saber que
había un poco más allá, yo no quería que mi mundo se resumiera en torno a mis
raices, desde siempre soñaba con viajar lejos, las tardes subía a lo alto de un
arbol de “sangrededrago” que había atrás de la casona para contemplar como el
sol se ocultaba detrás de aquel horizonte que me parecía tan lejano e
imposible.
Sin embargo, el destino
me tenía deparado transpasarlas, mi primer objetivo fueron los Estados Unidos,
pero la vida allí sería demasiado cara y tenía muy pocas oportunidades de que
me aceptaran en alguna universidad, asi que cambie mi destino a las Europas.
No lo niego,
menospreciaba mucho lo que mi país podía ofrecerme y pensaba que yo merecía
mucho más, y sin embargo contrastando con todo esto en algunos momentos un
sentimiento patriotico se apoderaba de mi, a veces pienso que era la adolecesncia
lo que me pegaba tan fuerte en aquellos momentos. De tantas cosas que habia tenido en mi niñez, en
mi supremo egocentrismo, ya no tenía límites en mis deseos, quería tener tantas
cosas al mismo tiempo, por un lado deseaba el modernismo Madrileño que se podía
ver tan solo en los paises de primer mundo, pero por el otro deseaba respirar
el aire puro y limpio, y la calidez humana de mi querido Paraguay.
La última tarde en mi
vieja comunidad fue realmente triste, todos mis amigos me hicieron una emotiva
despedida, mi madre aún no se hacía a la idea de que su pequeño había crecido
lo suficiente para volar solo.
El sonar de las
guitarras y el llanto de mis familiares y amigos quedó grabado en mi mente y
jamás se borraría. Al otro día ya en el aeropuerto Guaraní de Ciudad Del Este, le
di la despedida a mis padres, un fuerte abrazo a mi hermana y dije adiós al
Paraguay.
El avión despegó, era
mi primer vuelo, cerre los ojos y tomé con fuerza el rosario que mi madre me
había regalado cuando hice mi primera comunión, mis oidos se taparon, y mi
estomago pareció dar algunas vueltas imprevistas.
Cuando el avión pareció
estabilizarse, por fín pude animarme a mirar por la ventana del mismo y mi
corazón palpito con mucha fuerza cuando vi toda aquella inmensidad de la
creación divina ante mis ojos y mi fe en aquel que había creado tanta
magnificencia se incrementó, en aquel
momento, cuando caí en cuenta de cómo me iba alejando de mi tierra natal, no lo niego, titubee por un momento, sin
embargo era una desición, iba a buscar mi destino.
Todo fue tan rápido y
nuevo para mí, cuando pude reaccionar estaba ya en la puerta de antorcha y la
Madrí me abría sus brazos, muchas experiencias de vida me esperaban en aquel
lugar.
en algunos momentos
anhelaba tanto volver a mi país, para estar de nuevo con mi gente y ver de
nuevo a mi sabio abuelo, sin embargo eso
no podría ser, por que la vida tenía otras ideas para mi destino.
Y de esa forma sin
darme cuenta, girando desorientado en la ruleta rusa de la vida, fue como
terminé en aquel obscuro lugar en donde la injuria del mundo con su estridente
silencio, hacían de la desesperación confidente de mis secretos y penas
En aquella fría
habitación tan reconditamente alejada de la civilización, mi pensamiento
comenzó a flotar, a rememorar todo
aquello que me había tocado pasar en la vida. Aveces parecía que iba a
desvanecerme en medio de la angustia del encierro, pero de alguna manera tenía
que sobrevivir, sabía que en algún lado mis padres miraban la luna preocupados,
y buscaban con todos los medios esa cifra que representaría que volviese a ser un
cuerpo libre, por que aunque mi cuerpo estaba allí mi alma vagaba muy
lejos, con la de mi abuelo...