domingo, 24 de mayo de 2015

la libertad robada.


“Libres los pájaros,  de vivir sobre la superficie pero no bajo el agua, libres los peces de nadar cuan profundo quieran pero no de vivir sobre la tierra. Nadie en el mundo es completamente libre, y sin embargo el hombre anhela la libertad desde que el mundo es mundo y el hombre es hombre
¿Libres?  Libres eran los míos cuando corrían por los bosques en busca de comida  y la encontraban. Libres fueron aquellos que vivieron antes de que las ciudades se adueñaran de los bosques, antes de que rociaran líquidos mortales sobre los cultivos,  libre fue mi pueblo antes de la llegada de los arcabuces y las ideas raras de los españoles. Sin embargo, esas cosas ya han pasado y ya no se pueden cambiar.”
El cacique  calló, miro a lo lejos, su mirada perdida en el horizonte pareció traer con el viento recuerdos de mucho antes de que el naciera, por un momento pareció que todo estaba conectado a él, incluso la tierra, el viento, incluso el incansable pasar del tiempo, como si el presente, el futuro y el pasado se conjugarán en un preciso instante,  justo ahí, en frente de él. Panambi, su hija simplemente guardo silencio mientras él, tomó una vez más su arco y sus flechas y se dirigió a las reservas que el estado les había conferido de modo a buscar algún animal desprevenido que pudiera servir de alimento.
Panambi levanto la mirada, vio a su padre alejarse por entre los huecos de las paredes de barro y madera, el fuego en el suelo parecía parpadear de vez en cuando. Su joven mente estaba confundida con lo que su padre le había dicho. Desde pequeña ella se había fascinado con la idea de la libertad, aquella libertad por la que, contaban en la escuela, habían luchado los próceres de la patria, aquella libertad a la que como país habíamos tardado tanto en llegar. Éramos pues libres, por qué su padre reaccionaba así ante esta afirmación. No lo entendía.
El día avanzaba, el calor de los meses de verano se hacía sentir mientras más lejos recorría el sol en el cielo, la desesperaba, decidió que era un buen momento para refrescarse en el río. Metros antes de llegar, percibió que un olor fétido se apoderaba del ambiente, era insoportable, sin embargo, la curiosidad pudo más que las nauseas y al acercarse pudo ver como cientos de peces muertos, en descomposición flotaban arrastrados  por la corriente. ¿Qué sucedía?¿que causaba tal destrucción? ¿acaso Ñamandu se había enfurecido con su tava? Volvió a su casa preocupada con lo que había visto, pregunto entre su familia si alguien sabía que pasaba, y nadie atino a contestar, su padre no había vuelto aún desde la mañana. Algo extraño sucedía y Panambi precisaba saber que era.
Los días pasaban  y su padre no volvía, se había percatado de que no solo su padre había desaparecido, sino la mayoría de los hombres de su tava,  su madre sumida en el estridente silencio del dolor, caminaba por la tava preocupada sin un rumbo fijo, las otras mujeres actuaban de la misma manera, parecían saber algo más, pero ni por más insistente que fuera Panambi su madre le comentaría lo que estaba ocurriendo.
La noche llego una vez más, recostada sobre aquella cama de paja Panambi fue vencida por los sueños en los que el anga (alma) de los antiguos ancianos guaraníes se presentaron ante ella advirtiéndole que su padre corría peligro.
La niña despertó empapada en sudor frío, aún estaba oscuro, sin embargo ella ya no podía dormir, encendió el fuego y silenciosamente preparo una infusión a la que llaman cocido, preparo sus cosas en total sigilo. Ese día ella estaba decidida a descubrir que estaba ocurriendo.
El agua hirviente bailaba sobre el fuego dentro de la vieja pava, mientras ella pensaba y pensaba por donde comenzar, entendía que de alguna manera  la muerte de los peces estaba conectada a  la desaparición de su padre y de los demás hombres,  pero ¿dónde estaban?, ¿qué estaba ocurriendo?.
Una vez amaneció totalmente, con una bolsa de cuero colgando a la espalda, se dirigió al sendero que cruzaba el bosque para llegar a la escuela, de allí buscaría a la señorita Juana, maestra,  ella sabía de muchas cosas y tal vez, solo tal vez, ella podría tener algunas de las respuestas que el alma de niña de Panambi necesitaba.
Eran unos 10 kilómetros desde la casa de Panambi hasta el pueblo, esta situación era la que provocaba que la mayoría de los niños del asentamiento donde ella vivía no estudiaran, el tupido bosque parecía enarbolarse de su grandeza, esos árboles estáticos testigos inertes del pasar del tiempo, parecían inclinarse para observar a la pequeña figura morena que cruzaba el bosque. Luego de dos horas de caminata por fin Panambi vio la luz clara que caracterizaba al pueblo. Verla salir aquel portal del bosque era un paisaje digno de ser retratado por el pincel más talentoso, sus ropas hechas de bolsas de harina, sus pies descalzos o algunas, pocas veces, protegidas con zapatos destrozados ya más agujeros que cuero,  su mochila colgando a la espalda, el corte recto de su cabello y su abundante flequillo que parecía dar más fuerza a sus rasgos nativos, sus ojos negros y su rostro fuerte en el que muy pocas veces se había visto dibujar una sonrisa.
Dentro de su inocencia, ella pensaba que los profesores vivían en la escuela y se dirigió allí, sin  parar en ningún otro lado, ni hablar con ninguna otra persona, como siempre lo había hecho, por obra del destino, o tal vez la intercesión de Ñamandu, la profesora la distinguió a lo lejos y presurosa, al ver que estaba sola se dirigió a ella.
-Panambi, ¿qué haces por aquí si no es época de escuela?
- Señorita Juana, vine a buscarla, necesito que me ayude
- Acompáñame a casa, ahí estaremos más cómodas, contesto la maestra intrigada por la sorpresiva visita de su alumna.
La maestra escucho atentamente la exposición de Panambi con respecto a los hechos que la intrigaban. Los peces muertos, la desaparición de los hombres de su tava, el intrigante silencio de su madre e incluso la visita en sueños de los antiguos ancianos guaraníes.  Luego de  escucharla la señorita Juana se levanto del lugar donde estaban sentadas. La  niña estaba tan preocupada,  sin duda alguna no tenía idea de lo que estaba ocurriendo, así que luego de pensarlo por un momento, dirigió su mirada hacia la niña y le dijo: Acompáñame.
Caminaron unos 30 minutos cuando Panambi pudo  ver ante sus ojos la inmensidad de  los cultivos de soja que parecían no tener fin, la maestra dirigiéndose nuevamente a ella le dijo:
-         ¿vez todo esto Panambi?, son cultivos de soja, y estos cultivos son rociados con  agro tóxicos, es eso lo que hace que los peces mueran
-         ¿Agro tóxicos señorita?
-         Así es,  son utilizados para controlar las malezas que crecen entre las plantas, pero si se usan de forma incorrecta, como se han utilizado son peligrosos para los animales, y los seres humanos.
-         Pero no podemos permitir que sigan así, interpeló Panambi
-         Eso es lo otro mi querida niña, por eso los hombres de tu comunidad, entre ellos tu padre, y de la mía  no están, por que fueron a la capital a manifestarse y protestar contra la utilización de estos químicos.
-         ¿Qué es manifestarse?
-         Es cuando algo te molesta, y lo haces saber, gracias a que nuestro país es libre y democrático tenemos la posibilidad de expresar aquellas cosas que nos molestan como ciudadanos.
-         ¿Entonces ya no rociaran veneno cerca de los ríos?
-         Eso niña mía solo está en manos del gobierno.
Panambi quedó pensativa, hasta que en un momento dijo a la maestra:
-         Quiero ir a protestar con papa y los demás
-         Pero eres solo un niña Panambi, ese no es lugar para ti, es peligroso
Esas palabras despertaron aún más su intriga, ¿peligroso?, porque sería peligroso protestar por algo que a plena vista era injusto. Que podría ser más peligroso que los peces muertos que ensucian el agua del río.
-         ¿Peligroso porqué señorita?  Insistió
La maestra Juana por primera vez no sabía que responder, habían sido tantos años enseñando sobre cuanto se lucho para alcanzar la anhelada libertad como para que esa libertad fuera peligrosa, ¿podría acaso ser de esa forma?
-         En verdad quiero estar con mi padre, insistió la niña
Entonces la maestra miró con tristeza a aquella niña descalza que había caminado horas por su preocupación y aunque llena de temor y  dudas tomo una decisión:
-   Iremos Panambi, mañana temprano partiremos a Asunción para apoyar a quienes se manifiestan.
Las horas pasaron, Panambi no pudo dormir aquella noche,  el hecho de que se reuniría con su padre y por otro lado conocer la capital, hicieron que la noche fuera eterna, miles de pensamientos se cruzaban en su pequeña mente de niña, al fin la madrugada llegó y siendo aproximadamente las cuatro el bus dio un bocinazo avisando que se acercaba, levantaron el brazo en señal de pare y lo abordaron, era la primera vez que Panambi subía a un bus.
El chofer aceleró  y las dos vieron alejarse el pueblo por las ventanas del bus.
Los ojos de Panambi se sorprendían ante cada cambio en el paisaje, los bosques, las praderas, los cerros, los puentes sobre los que cruzaban todo era sorprendente, sin embargo en algún momento de aquel viaje, se dejo vencer por el sueño y con los ojos cerrados soñó con aquel día de lluvia en el que su padre les enseñó a pescar con la lanza.
La maestra no pudo evitar recordar pedazos de su infancia, en aquella hoy tan lejana ciudad de Paraguarí, ¡cuánto habían cambiado los tiempos!, ¡cuánto hacía que no salía de la monotonía de su vida!, desde la muerte de Carlos, su marido, nunca había vuelto a vivir una aventura como esta, de hecho nunca había vuelto a viajar lejos, al menos no tan lejos como a la capital.
Observo a la pequeña nativa plácidamente dormida con la cabeza recostada en su regazo y recordó aquel gran deseo que tuvo  de tener un hijo de Carlos, solo que la vida no le dio la oportunidad de lograrlo. Estaba sumergida en estos pensamientos cuando la ciudad se abrió paso de repente ante sus ojos, centros comerciales, supermercados, no dejaba de sorprenderse,  ¡Cuánto hacía que no venía a la capital! Llegaron a la terminal y despertó a Panambi.
-         Panambi, despierta, llegamos
Panambi froto sus ojos y pudo contemplar la terminal, estaba ahí, y su corazón decía que estaba cerca de su padre. Al bajar del bus, vio a varios nativos como ella sentados vendiendo artesanías, distraída por ello hasta que un niño en alto grado de desnutrición se acerco a la maestra pidiendo una moneda. Su sangre le dijo que eran como ella, pero por que estaban aquí, porque no estaban en sus tavas como ellos. La maestra pareció darse cuenta de lo que pasaba por la mente de la niña y rápidamente la alejo del lugar.
Abordaron una línea que las llevaría hasta la plaza, dentro del mismo, no cabía una aguja, había algo que no había cambiado de Asunción, como siempre lo fue, seguía siendo un total caos pensó para sí la maestra.
Al bajar del bus caminaron unas cuantas cuadras y entonces Panambi quedó atónita ante  la cantidad de gente  que colmaba la plaza, en un decir estaba llena de hombres, mujeres, niños,  machetes, garrotes y azadas.
Entendió que no era un problema que se daba solo en sus tierras si no en varios otros lugares del país.
Empezaron a buscar a su padre, pero entre tanta multitud era imposible de encontrar, buscaron y buscaron  hasta que en un momento perdieron las esperanzas cuando de repente una voz conocida al micrófono se alzó entre la multitud desde el improvisado escenario.
“hoy, hoy es el día en que debemos decidir entre la vida o la muerte lenta de nuestros pueblos, hoy debemos de luchar por nuestra soberanía sobre la tierra, sobre los ríos, hoy debemos dejar en claro que somos nosotros, aquellos que cultivamos la tierra, que la amamos, que la trabajamos con cariño, los que tenemos el derecho natural de seguirla habitando sin que ningún tipo de extranjero venga a envenenar nuestro aire, nuestras aguas y nuestra madre la tierra”
Los aplausos no se hicieron esperar al igual  las hurras y los canticos desafiando al ministro de agricultura y el presidente.  En  ese momento Panambi sonrió para sí y se sintió orgullosa de ser hija de aquel Indio viejo, en aquel instante preciso,  cuando se dirigía al escenario,  ocurrió lo impensado, dentro del grupo de manifestantes un muchacho al que nadie conocía y que nadie supo después quien fue, lanzo una piedra contra los cascos azules y esto se repitió en varios lugares, eran infiltrados.
La policía se abalanzó sobre los manifestantes, volaron piedras, garrotes y cachiporras, gritos de dolor y disparos de balines de goma, La maestra agarro del brazo a Panambi y la oculto detrás de las rocas que formaban un monumento a la democracia.
Entre todo el bochorno un disparo desde un techo dio justo en uno de los que estaban en el escenario, todo pareció quedar quieto, Panambi presintió lo peor y soltándose de entre los brazos de la maestra corrió hacia el escenario haciendo realidad su peor sospecha, ahí estaba  su padre,  herido en el suelo.
Con los ojos llorosos, no acertó más que a decir: Tenías razón papa, no somos libres.
“Somos libres hija mía, dijo el hombre desde el suelo, como las aves, libres de volar sin entrar en el agua, o como los peces, libres de nadar sin querer estar sobre la tierra. Somos libres de vivir en nuestro mundo, pero sin intentar entrar al mundo de los ricos.”
El calló. Seguían volando cascos, gorros, gritos y golpes por todos lados. No hubo justicia, no hubo prensa, no hubo libertad de expresión…
Tiempo después aquel hombre se recupero de aquella bala, pero aquella niña, nunca recupero la libertad que le fue robada en ese momento.


sábado, 16 de mayo de 2015

Amor, música y sexo

Los años pasan rápidamente disfrazados de segundos imperceptibles, sin darnos cuenta avanzamos día tras día y los tiempos cambian. Tanto  que las generaciones nuevas con nuevos comportamientos y nuevas tendencias sociales aparecen día tras día sin que las brechas de tiempo entre ellas sean ya medidas en años.
Increíblemente, muy al contrario de las generaciones anteriores el relacionamiento cara a cara a pasado a segundo lugar, siendo ahora mismo el mundo virtual el que nos permite conocernos, relacionarnos y en otras palabras existir.
El sexo se ha devaluado tanto como el amor. Hoy día ya no hablamos del amor como algo ideal e incluso ha pasado a ser considerado como sobrevaluado por las generaciones pasadas. Sin embargo, la música sigue tan vigente como se ha mantenido desde su aparición. Al parecer, el ser humano de la generación que sea necesita de la música para poder vivir. Incluso la industria musical se ha visto beneficiada con la aparición del internet. Pero acaso esto es todo. Estamos condenados como sociedad a vivir en un mundo al cual solo podemos acceder a través de una pantalla. Tal vez solo soy un soñador. Pero pienso que esto debe representar algo aun más grande de todo aquello que hemos logrado. Esto debe ser utilizado para cosas mucho más grandes que amor, musica y sexo. Con estas herramientas tenemos el mundo en nuestras manos. Que hacemos con el?