“Libres
los pájaros, de vivir sobre la
superficie pero no bajo el agua, libres los peces de nadar cuan profundo
quieran pero no de vivir sobre la tierra. Nadie en el mundo es completamente
libre, y sin embargo el hombre anhela la libertad desde que el mundo es mundo y
el hombre es hombre
¿Libres? Libres eran los míos cuando corrían por los
bosques en busca de comida y la
encontraban. Libres fueron aquellos que vivieron antes de que las ciudades se
adueñaran de los bosques, antes de que rociaran líquidos mortales sobre los
cultivos, libre fue mi pueblo antes de
la llegada de los arcabuces y las ideas raras de los españoles. Sin embargo,
esas cosas ya han pasado y ya no se pueden cambiar.”
El
cacique calló, miro a lo lejos, su
mirada perdida en el horizonte pareció traer con el viento recuerdos de mucho
antes de que el naciera, por un momento pareció que todo estaba conectado a él,
incluso la tierra, el viento, incluso el incansable pasar del tiempo, como si
el presente, el futuro y el pasado se conjugarán en un preciso instante, justo ahí, en frente de él. Panambi, su hija
simplemente guardo silencio mientras él, tomó una vez más su arco y sus flechas
y se dirigió a las reservas que el estado les había conferido de modo a buscar
algún animal desprevenido que pudiera servir de alimento.
Panambi
levanto la mirada, vio a su padre alejarse por entre los huecos de las paredes
de barro y madera, el fuego en el suelo parecía parpadear de vez en cuando. Su
joven mente estaba confundida con lo que su padre le había dicho. Desde pequeña
ella se había fascinado con la idea de la libertad, aquella libertad por la
que, contaban en la escuela, habían luchado los próceres de la patria, aquella
libertad a la que como país habíamos tardado tanto en llegar. Éramos pues
libres, por qué su padre reaccionaba así ante esta afirmación. No lo entendía.
El
día avanzaba, el calor de los meses de verano se hacía sentir mientras más lejos
recorría el sol en el cielo, la desesperaba, decidió que era un buen momento
para refrescarse en el río. Metros antes de llegar, percibió que un olor fétido
se apoderaba del ambiente, era insoportable, sin embargo, la curiosidad pudo
más que las nauseas y al acercarse pudo ver como cientos de peces muertos, en
descomposición flotaban arrastrados por
la corriente. ¿Qué sucedía?¿que causaba tal destrucción? ¿acaso Ñamandu se
había enfurecido con su tava? Volvió a su casa preocupada con lo que había
visto, pregunto entre su familia si alguien sabía que pasaba, y nadie atino a
contestar, su padre no había vuelto aún desde la mañana. Algo extraño sucedía y
Panambi precisaba saber que era.
Los
días pasaban y su padre no volvía, se
había percatado de que no solo su padre había desaparecido, sino la mayoría de
los hombres de su tava, su madre sumida
en el estridente silencio del dolor, caminaba por la tava preocupada sin un
rumbo fijo, las otras mujeres actuaban de la misma manera, parecían saber algo
más, pero ni por más insistente que fuera Panambi su madre le comentaría lo que
estaba ocurriendo.
La
noche llego una vez más, recostada sobre aquella cama de paja Panambi fue
vencida por los sueños en los que el anga (alma) de los antiguos ancianos
guaraníes se presentaron ante ella advirtiéndole que su padre corría peligro.
La
niña despertó empapada en sudor frío, aún estaba oscuro, sin embargo ella ya no
podía dormir, encendió el fuego y silenciosamente preparo una infusión a la que
llaman cocido, preparo sus cosas en total sigilo. Ese día ella estaba decidida
a descubrir que estaba ocurriendo.
El
agua hirviente bailaba sobre el fuego dentro de la vieja pava, mientras ella
pensaba y pensaba por donde comenzar, entendía que de alguna manera la muerte de los peces estaba conectada a la desaparición de su padre y de los demás
hombres, pero ¿dónde estaban?, ¿qué
estaba ocurriendo?.
Una
vez amaneció totalmente, con una bolsa de cuero colgando a la espalda, se
dirigió al sendero que cruzaba el bosque para llegar a la escuela, de allí
buscaría a la señorita Juana, maestra, ella sabía de muchas cosas y tal vez, solo tal
vez, ella podría tener algunas de las respuestas que el alma de niña de Panambi
necesitaba.
Eran
unos 10 kilómetros desde la casa de Panambi hasta el pueblo, esta situación era
la que provocaba que la mayoría de los niños del asentamiento donde ella vivía
no estudiaran, el tupido bosque parecía enarbolarse de su grandeza, esos
árboles estáticos testigos inertes del pasar del tiempo, parecían inclinarse para
observar a la pequeña figura morena que cruzaba el bosque. Luego de dos horas
de caminata por fin Panambi vio la luz clara que caracterizaba al pueblo. Verla
salir aquel portal del bosque era un paisaje digno de ser retratado por el
pincel más talentoso, sus ropas hechas de bolsas de harina, sus pies descalzos
o algunas, pocas veces, protegidas con zapatos destrozados ya más agujeros que
cuero, su mochila colgando a la espalda,
el corte recto de su cabello y su abundante flequillo que parecía dar más fuerza
a sus rasgos nativos, sus ojos negros y su rostro fuerte en el que muy pocas
veces se había visto dibujar una sonrisa.
Dentro
de su inocencia, ella pensaba que los profesores vivían en la escuela y se
dirigió allí, sin parar en ningún otro
lado, ni hablar con ninguna otra persona, como siempre lo había hecho, por obra
del destino, o tal vez la intercesión de Ñamandu, la profesora la distinguió a
lo lejos y presurosa, al ver que estaba sola se dirigió a ella.
-Panambi,
¿qué haces por aquí si no es época de escuela?
-
Señorita Juana, vine a buscarla, necesito que me ayude
-
Acompáñame a casa, ahí estaremos más cómodas, contesto la maestra intrigada por
la sorpresiva visita de su alumna.
La
maestra escucho atentamente la exposición de Panambi con respecto a los hechos
que la intrigaban. Los peces muertos, la desaparición de los hombres de su
tava, el intrigante silencio de su madre e incluso la visita en sueños de los
antiguos ancianos guaraníes. Luego de escucharla la señorita Juana se levanto del lugar
donde estaban sentadas. La niña estaba
tan preocupada, sin duda alguna no tenía
idea de lo que estaba ocurriendo, así que luego de pensarlo por un momento,
dirigió su mirada hacia la niña y le dijo: Acompáñame.
Caminaron
unos 30 minutos cuando Panambi pudo ver
ante sus ojos la inmensidad de los cultivos
de soja que parecían no tener fin, la maestra dirigiéndose nuevamente a ella le
dijo:
-
¿vez todo esto Panambi?, son cultivos de
soja, y estos cultivos son rociados con agro
tóxicos, es eso lo que hace que los peces mueran
-
¿Agro tóxicos señorita?
-
Así es,
son utilizados para controlar las malezas que crecen entre las plantas,
pero si se usan de forma incorrecta, como se han utilizado son peligrosos para
los animales, y los seres humanos.
-
Pero no podemos permitir que sigan así,
interpeló Panambi
-
Eso es lo otro mi querida niña, por eso
los hombres de tu comunidad, entre ellos tu padre, y de la mía no están, por que fueron a la capital a
manifestarse y protestar contra la utilización de estos químicos.
-
¿Qué es manifestarse?
-
Es cuando algo te molesta, y lo haces
saber, gracias a que nuestro país es libre y democrático tenemos la posibilidad
de expresar aquellas cosas que nos molestan como ciudadanos.
-
¿Entonces ya no rociaran veneno cerca de
los ríos?
-
Eso niña mía solo está en manos del
gobierno.
Panambi
quedó pensativa, hasta que en un momento dijo a la maestra:
-
Quiero ir a protestar con papa y los
demás
-
Pero eres solo un niña Panambi, ese no
es lugar para ti, es peligroso
Esas
palabras despertaron aún más su intriga, ¿peligroso?, porque sería peligroso
protestar por algo que a plena vista era injusto. Que podría ser más peligroso
que los peces muertos que ensucian el agua del río.
-
¿Peligroso porqué señorita? Insistió
La
maestra Juana por primera vez no sabía que responder, habían sido tantos años
enseñando sobre cuanto se lucho para alcanzar la anhelada libertad como para
que esa libertad fuera peligrosa, ¿podría acaso ser de esa forma?
-
En verdad quiero estar con mi padre,
insistió la niña
Entonces
la maestra miró con tristeza a aquella niña descalza que había caminado horas
por su preocupación y aunque llena de temor y
dudas tomo una decisión:
- Iremos Panambi, mañana temprano partiremos a Asunción para apoyar a quienes se manifiestan.
- Iremos Panambi, mañana temprano partiremos a Asunción para apoyar a quienes se manifiestan.
Las
horas pasaron, Panambi no pudo dormir aquella noche, el hecho de que se reuniría con su padre y por
otro lado conocer la capital, hicieron que la noche fuera eterna, miles de
pensamientos se cruzaban en su pequeña mente de niña, al fin la madrugada llegó
y siendo aproximadamente las cuatro el bus dio un bocinazo avisando que se
acercaba, levantaron el brazo en señal de pare y lo abordaron, era la primera
vez que Panambi subía a un bus.
El
chofer aceleró y las dos vieron alejarse
el pueblo por las ventanas del bus.
Los
ojos de Panambi se sorprendían ante cada cambio en el paisaje, los bosques, las
praderas, los cerros, los puentes sobre los que cruzaban todo era sorprendente,
sin embargo en algún momento de aquel viaje, se dejo vencer por el sueño y con
los ojos cerrados soñó con aquel día de lluvia en el que su padre les enseñó a
pescar con la lanza.
La
maestra no pudo evitar recordar pedazos de su infancia, en aquella hoy tan
lejana ciudad de Paraguarí, ¡cuánto habían cambiado los tiempos!, ¡cuánto hacía
que no salía de la monotonía de su vida!, desde la muerte de Carlos, su marido,
nunca había vuelto a vivir una aventura como esta, de hecho nunca había vuelto
a viajar lejos, al menos no tan lejos como a la capital.
Observo
a la pequeña nativa plácidamente dormida con la cabeza recostada en su regazo y
recordó aquel gran deseo que tuvo de tener
un hijo de Carlos, solo que la vida no le dio la oportunidad de lograrlo. Estaba
sumergida en estos pensamientos cuando la ciudad se abrió paso de repente ante
sus ojos, centros comerciales, supermercados, no dejaba de sorprenderse, ¡Cuánto hacía que no venía a la capital!
Llegaron a la terminal y despertó a Panambi.
-
Panambi, despierta, llegamos
Panambi
froto sus ojos y pudo contemplar la terminal, estaba ahí, y su corazón decía
que estaba cerca de su padre. Al bajar del bus, vio a varios nativos como ella
sentados vendiendo artesanías, distraída por ello hasta que un niño en alto
grado de desnutrición se acerco a la maestra pidiendo una moneda. Su sangre le dijo
que eran como ella, pero por que estaban aquí, porque no estaban en sus tavas
como ellos. La maestra pareció darse cuenta de lo que pasaba por la mente de la
niña y rápidamente la alejo del lugar.
Abordaron
una línea que las llevaría hasta la plaza, dentro del mismo, no cabía una aguja,
había algo que no había cambiado de Asunción, como siempre lo fue, seguía
siendo un total caos pensó para sí la maestra.
Al
bajar del bus caminaron unas cuantas cuadras y entonces Panambi quedó atónita
ante la cantidad de gente que colmaba la plaza, en un decir estaba llena
de hombres, mujeres, niños, machetes,
garrotes y azadas.
Entendió
que no era un problema que se daba solo en sus tierras si no en varios otros
lugares del país.
Empezaron
a buscar a su padre, pero entre tanta multitud era imposible de encontrar,
buscaron y buscaron hasta que en un
momento perdieron las esperanzas cuando de repente una voz conocida al
micrófono se alzó entre la multitud desde el improvisado escenario.
“hoy,
hoy es el día en que debemos decidir entre la vida o la muerte lenta de
nuestros pueblos, hoy debemos de luchar por nuestra soberanía sobre la tierra,
sobre los ríos, hoy debemos dejar en claro que somos nosotros, aquellos que
cultivamos la tierra, que la amamos, que la trabajamos con cariño, los que
tenemos el derecho natural de seguirla habitando sin que ningún tipo de extranjero
venga a envenenar nuestro aire, nuestras aguas y nuestra madre la tierra”
Los
aplausos no se hicieron esperar al igual las hurras y los canticos desafiando al
ministro de agricultura y el presidente. En ese
momento Panambi sonrió para sí y se sintió orgullosa de ser hija de aquel Indio
viejo, en aquel instante preciso, cuando
se dirigía al escenario, ocurrió lo
impensado, dentro del grupo de manifestantes un muchacho al que nadie conocía y
que nadie supo después quien fue, lanzo una piedra contra los cascos azules y
esto se repitió en varios lugares, eran infiltrados.
La
policía se abalanzó sobre los manifestantes, volaron piedras, garrotes y cachiporras,
gritos de dolor y disparos de balines de goma, La maestra agarro del brazo a Panambi
y la oculto detrás de las rocas que formaban un monumento a la democracia.
Entre
todo el bochorno un disparo desde un techo dio justo en uno de los que estaban
en el escenario, todo pareció quedar quieto, Panambi presintió lo peor y
soltándose de entre los brazos de la maestra corrió hacia el escenario haciendo
realidad su peor sospecha, ahí estaba su
padre, herido en el suelo.
Con
los ojos llorosos, no acertó más que a decir: Tenías razón papa, no somos
libres.
“Somos
libres hija mía, dijo el hombre desde el suelo, como las aves, libres de volar
sin entrar en el agua, o como los peces, libres de nadar sin querer estar sobre
la tierra. Somos libres de vivir en nuestro mundo, pero sin intentar entrar al
mundo de los ricos.”
El
calló. Seguían volando cascos, gorros, gritos y golpes por todos lados. No hubo
justicia, no hubo prensa, no hubo libertad de expresión…
Tiempo
después aquel hombre se recupero de aquella bala, pero aquella niña, nunca
recupero la libertad que le fue robada en ese momento.
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