miércoles, 15 de julio de 2015

UN POCO DE LITERATURA FANTASIOSA...

Ya tan sólo la oscuridad de aquella fría habitación ambientada tan terroríficamente, eran mis compañeras en aquella lucha  por no dormir, por que si estando despierto era una terrible pesadilla, ¿Para qué engañarme con sueños falsos de libertad?
Posiblemente afuera era de noche, no estoy muy seguro de ello,  porque desde que el encierro había comenzado, mis ojos no veían el sol. Un movimiento inerte era mi coreografía cotidiana, un silencio estridente era el ruido que no me permitía dormir, estaba angustiado, triste y yerto, el congojo y la nostalgía de mis días de libertad, eran ya los fieles personajes del cuento de mi vida.
Recordaba a mi gente, a  mi bella Mary que nisiquiera estaba enterada de lo que me había ocurrido, la pobre debía estar ya preocupada, ya que mi viaje no había sido como para quedarme tanto tiempo en el país.
De cuando en cuando, en medio del  silencio en el que me encontraba inverso, escuchaba hablar a mis captores, era gente muy culta y preparada, su castellano era prácticamente perfecto, su acento era muy confuso, no se podía reconocer un tono característico que delatace su nacionalidad.
Eran tres timbres de voz distintos de hombres, y dos de mujeres, a una de ellas la llamaban Reina, a otra Carmen, uno de los hombres, mi guardían, tenía las iniciales M.L., pero eran solamente simples apodos, ninguno de los nombres que escuchaba serviría para la investigación si es que lograba salir de aquel lugar algún día.  Las  voces de mis captores se persibían venir del techo, por lo que supongo que habría sido algún tipo de sótano aquel frío y egoísta cubículo en el que me tenían oculto y atrapado.
A veces, escuchaba el bosinar potente y ensordecedor de algún transganado u otro tipo de camíon de gran porte que pasaba cerca del lugar en el que me tenían.
Lo que más me irritaba era escuchar a la policía llegar a aquella casa y preguntar si los “dueños” no habían visto nada estraño en los últimos días, la mujer  a la que llamaban Carmen fingía ser la matrona de la casa en esos casos,  mientras que uno de los hombres me apuntaba con el caño de un arma cuya fría circunferencia podía sentir en mi frente para que no intentase hacer ningun tipo de ruído que los delatara.
Y yo,  estaba allí, atrapado entre esas cuatro infernales paredes, increíble  que siendo el mundo tan grande, y amplio yo tuviera que estar allí tan quieto, sentado en aquella silla de madera a la que me tenían atado, en algunos momentos pensaba que no debi de haber vuelto, que debi quedarme en donde estaba. En otros pensaba que el destino ya estaba escrito y que no quedaba más que luchar por sobrevivir, mi mente era un cúmulo de dudas, estaba realmente desesperado en aquel horripilante encierro.
Ni siquiera pude llegar a aquella olvidada comunidad de la que había partido y  que siempre había estado en mi corazon, cuando me desperte y me dí cuenta, ya mi libertad no me pertenecía, ya mi vida valía unos cuantos billetes y nada, absolutamente nada  sería como antes.
En aquel triste encierro las canciones de Arjona no me acompañaban a estar solo, ni podía enamorarme, llorar y reír con las películas de la saga Crepúsculo, allí no había Parque del Retiro, para ir a distraerme como en Madríd, alli no había un río llamado Tebicuary para ir a darme un chapusón, allí mi quizás única compañía que alguna vez estuvo viva era el cadáver en descomposición de aquel ratón que había muerto por el veneno que mis captores le habían puesto, y luego las tan necrófilas e inertes cuerdas que me sujetaban las manos y los pies y me aferraban aún más a aquel encierro en el confín más olvidado del infierno terrenal.
De mi frente que alguna vez estuvo en alto, caían una a una las gotas de sangre mientras mi mente trataba de procesar los mejores recuerdos de mi vida. Mi  niñez en aquella comunidad atrapada y perdida en medio de la vegetación, tan abundante y característica de la tierra paraguaya.
Y sobre todo,  me acordaba de mi abuelo, ¡mi querido abuelo!,  era la única persona a quien apreciaba y extrañaba realmente, nos sentabamos alrededor del fuego que ardía chisporroteando de cuando en cuando en el suelo de la cosina, mientras doraba el maíz blanco de la cosecha pasada,  aferrada al asador de hierro. Me contaba sus experiencias y aventuras tan pasadas, tan llenas de glorias y triunfos,  y otras veces de tristes desconsuelos.
Parecía regresar en el tiempo y mostrarme ese Paraguay de antaño, de tiempos pasados, con esperanzas y sueños tan distintos a los que tenemos hoy día, ellos tambien habían sido jovenes, tambien se habían enloquesido, llorado y apasionado con el amor... yo lo miraba con mis ojos y oidos tan abiertos tratando de imaginarme aquel mundo que  me pintaba en dulces pinceladas de palabras.
Sus manos que comenzaban a arrugarse por el paso del tiempo eran siempre tan cálidas y llenas de caricias para dar, y yo me sentía tan seguro cuando estaba con él, me parecía que aunque el mundo viniera en contra mío el los detendría  y no permitiría que me hiciecen daño.
Las tardes invernales las pasabamos charlando, luego de que mi padre, Don Francisco, me dejase allí para ir su trabajo de profesor en la escuelita de la comunidad.
 Si  era verano me llevaba al río montado en su caballo y me enseñaba a nadar. Allá en aquel viejo río que nos vio crecer a ambos, deje mis más valiosos recuerdos, en aquel río  que guardaba historias de llantos y nostalgias entre sus murmullos, que cantaban con migo aquella triste canción de “qué sera”, cuando las gotas de lluvia caían tristemente y el cielo rugía por que yo me iba y quien sabe si volvería alguna vez.
Mi niñez fue la mejor que pude haber tenido, jamás me faltó nada, y todo lo que quise lo conseguí.
En mi juventud, mi vida en todo sentido  fue relativamente como la de cualquier chico normal, terminado el colegio, con diesiocho años, pude cumplir mis ansias de libertad y salí de la vieja casona rumbo a las tierras españolas, mi bella Madrid fue testigo muda  de mi amor primero bajo los pálidos faroles de la calle lavapiés.
Mi vida en Madrid, se resumió en estudiar en la universidad y trabajar en el café Gijón... el viejo Gijón que era fiel encontronario de los literatos de la capital española, era interesante y divertido enriqueserme al  escucharlos mientras leían todas aquellas creaciones nobelísticas a veces tan llenas de incoherencias, pero a la vez tan llenas de realidades humanas.
Las noches las pasaba en el albergue juvenil, conocí mucha gente de diversos lugares del mundo en aquel en el albergue, pero a pesar de mi acomodada vida en aquel lugar de ensueño, mi mente indómita, libre y salvaje se paseaba como un águila sobre el verde Paraguay corazón de América, y sobre todo  mi bella Villarrica del Espiritu Santo la ciudad capital del Guairá.
 No sé cómo explicarlo, pero siempre, desde pequeño tuve la  curiosidad de saber que había un poco más allá, yo no quería que mi mundo se resumiera en torno a mis raices, desde siempre soñaba con viajar lejos, las tardes subía a lo alto de un arbol de “sangrededrago” que había atrás de la casona para contemplar como el sol se ocultaba detrás de aquel horizonte que me parecía tan lejano e imposible.
Sin embargo, el destino me tenía deparado transpasarlas, mi primer objetivo fueron los Estados Unidos, pero la vida allí sería demasiado cara y tenía muy pocas oportunidades de que me aceptaran en alguna universidad, asi que cambie mi destino a las Europas.
No lo niego, menospreciaba mucho lo que mi país podía ofrecerme y pensaba que yo merecía mucho más, y sin embargo contrastando con todo esto en algunos momentos un sentimiento patriotico se apoderaba de mi, a veces pienso que era la adolecesncia lo que me pegaba tan fuerte en aquellos momentos. De  tantas cosas que habia tenido en mi niñez, en mi supremo egocentrismo, ya no tenía límites en mis deseos, quería tener tantas cosas al mismo tiempo, por un lado deseaba el modernismo Madrileño que se podía ver tan solo en los paises de primer mundo, pero por el otro deseaba respirar el aire puro y limpio, y la calidez humana de mi querido Paraguay.
La última tarde en mi vieja comunidad fue realmente triste, todos mis amigos me hicieron una emotiva despedida, mi madre aún no se hacía a la idea de que su pequeño había crecido lo suficiente para volar solo.
El sonar de las guitarras y el llanto de mis familiares y amigos quedó grabado en mi mente y jamás se borraría. Al otro día ya en el aeropuerto Guaraní de Ciudad Del Este, le di la despedida a mis padres, un fuerte abrazo a mi hermana y dije adiós al Paraguay.
El avión despegó, era mi primer vuelo, cerre los ojos y tomé con fuerza el rosario que mi madre me había regalado cuando hice mi primera comunión, mis oidos se taparon, y mi estomago pareció dar algunas vueltas imprevistas.
Cuando el avión pareció estabilizarse, por fín pude animarme a mirar por la ventana del mismo y mi corazón palpito con mucha fuerza cuando vi toda aquella inmensidad de la creación divina ante mis ojos y mi fe en aquel que había creado tanta magnificencia se incrementó,  en aquel momento, cuando caí en cuenta de cómo me iba alejando de mi tierra natal,  no lo niego, titubee por un momento, sin embargo era una desición, iba a buscar mi destino.
Todo fue tan rápido y nuevo para mí, cuando pude reaccionar estaba ya en la puerta de antorcha y la Madrí me abría sus brazos, muchas experiencias de vida me esperaban en aquel lugar.
en algunos momentos anhelaba tanto volver a mi país, para estar de nuevo con mi gente y ver de nuevo a mi  sabio abuelo, sin embargo eso no podría ser, por que la vida tenía otras ideas para mi destino.
Y de esa forma sin darme cuenta, girando desorientado en la ruleta rusa de la vida, fue como terminé en aquel obscuro lugar en donde la injuria del mundo con su estridente silencio, hacían de la desesperación confidente de mis secretos y penas

En aquella fría habitación tan reconditamente alejada de la civilización, mi pensamiento comenzó a flotar,  a rememorar todo aquello que me había tocado pasar en la vida. Aveces parecía que iba a desvanecerme en medio de la angustia del encierro, pero de alguna manera tenía que sobrevivir, sabía que en algún lado mis padres miraban la luna preocupados, y buscaban con todos los medios esa cifra que representaría que volviese  a ser un  cuerpo libre, por que aunque mi cuerpo estaba allí mi alma vagaba muy lejos, con la de mi abuelo...

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